Por Bernardita Iacobelli D.
Una permanente batalla contra sí mismo es la que libra el organismo de las personas que padecen lupus, una enfermedad indefinida que corresponde a un conjunto de desórdenes relacionados entre sí, que tienen en común el hecho de padecer una disfunción del sistema inmune.
En condiciones normales, el sistema inmune protege al cuerpo de substancias extrañas (antígenos), como virus y bacterias, entre otros. Por causas desconocidas, en un individuo con lupus este mecanismo pierde la capacidad de reconocer lo propio del organismo y se autoagrede, lo se traduce en daños en diversos órganos del cuerpo.
Se presenta con diferentes síntomas y signos, desde alteraciones de laboratorio exclusivas sin manifestaciones clínicas, síndromes febriles solos o acompañados de compromiso del estado general y dolores musculares (mialgias) o articulares (artralgias), lo que generalmente hace pensar que se está frente a otra enfermedad. Hasta daño exclusivo de uno o de diversos órganos afectados a la vez (multiorgánico).
Dentro de las múltiples anormalidades que caracterizan al sistema inmune
del paciente lúpico destaca una síntesis aumentada de proteínas llamadas anticuerpos que actúan nocivamente contra los propios tejidos. Esta desregulación se conoce como autoinmunidad y los anticuerpos, como auto-anticuerpos. Por ello se dice que es una enfermedad autoinmune.
Esta patología, relacionada principalmente con adultos, también afecta a niños, en quienes se presenta de forma más grave. La doctora Marta Miranda, pediatra reumatóloga de Clínica Alemana, se refiere a este tema.